José López Prieto

Los preparativos del viaje, una voluntad contra mil obstáculos

Mapa vuelta al mundo: obtenido de Google imágenes
Magallanes



Mi nombre es Fernando de Magallanes y esta es mi historia. En los grandes momentos, la gente se fija con preferencia en las situaciones dramáticas de los héroes que los protagonizan, pero tienden a quedar ocultos los años de preparación de un hecho que pasará a la historia. En mi caso, se inclinan ante mí en el momento del triunfo, aunque mi energía fue más intensa mientras trataba de conseguir una flota y reorganizar un armamento mientras me veía en la necesidad de atravesar mil obstáculos. Al comienzo de los preparativos no era más que un soldado sin nombre que debía enfrentarse a una tarea hasta el momento indominable. Tenía que montar una flota formada por cinco navíos para un viaje del que no existían precedentes ni aproximaciones. No podía recibir consejo de nadie porque el transcurso del viaje era toda una incógnita, tanto los mares que debía surcar, como el clima al que debería enfrentarme o los pueblos en los que acabaría. Mi flota debía estar perfectamente preparada frente a un futuro inimaginable y todo esto teniendo que sortear los obstáculos más diversos. Había algo muy claro, mi obligación era conocer las responsabilidades que tenía con aquellos que decidían confiarme sus vidas y entenderlos a la perfección. Me ocupaba de todo personalmente y conocía cada uno de mis barcos de punta a punta como la palma de mi mano.

Nao victoria

Al mismo tiempo que administraba la flota que partiría hacia lo desconocido tenía que defenderme de aquellos que se oponían al viaje por celos y envidia. Me enfrentaba yo solo a los peligros exteriores, interiores y materiales.

El primer ataque llegó por parte de los portugueses, supuse que el rey Manuel se había enterado de mi pacto con el rey Carlos. El monopolio de las especias ofrecía a la corona una economía dorada, sería para ellos un gran problema si los españoles alcanzaran de pronto las Molucas y se hiciesen con ellas. Por ello, sabía que el rey sería capaz de cualquier cosa por poner en peligro mi expedición. Álvaro da Costa, embajador en la corte española, recibió ordenes de persuadirme de mis objetivos. Intento hacerme entrar en razón y que me diese cuenta del pecado que cometía contra Dios y mi rey oponiéndome a sus intereses, pero yo sabía que si volvía todo cuanto me esperaba era una puñalada. Además, era demasiado tarde. Ya había dado mi palabra al rey de España y no podía faltar a mi honor.

Puede que fuese un campesino desconocido o un hombre insignitifcante, sin embargo, sentía la fuerza que ejercía sobre las figuras de poder más altas. Álvaro da Costa visto el fracaso trató de persuadir al jóven rey e intentar aprovecharse de su excasa experiencia en asuntos políticos, pero aun así, Carlos rechazó la propuesta de aplazar el viaje un año porque sabía que este era el tiempo que Portugal necesitaba para ponerse al frente de la expedición y esto no le convenía. Desde el momento en el que obtuve mi flota me convertí en un hombre con poder y era de relevancia para el rey Manuel, por ello sabía que el rey Carlos no me dejaría  ir bajo ninguna circunstancia.

Muelle antiguo



Una vez llegados a este punto cuando España quería acelerar mi partida, Portugal hacía lo imposible para retrasarla. El proceso acabó convirtiéndose en un enfrentamiento entre ambos reinos. Al final, el sabotaje de mis barcos acabó en manos de Sebastián Álvarez. Su estrategia no fue mala, lo recuerdo como uno de los peores obstáculos que tuve que superar. Día tras día visitaba el muelle e intentaba ganarse la amistad de los capitanes españoles para más tarde llenarles la cabeza de absurda palabrería que terminaría por confundirlos y ponerlos en mi contra. Álvarez había dado comienzo a una protesta que podía acabar con mi misión e incluso me hizo temer por mi propia vida. La gente del puerto comenzó a gritar llamando la atención de otros que fueron llegando poco a poco. La situación estaba a punto de estallar por completo, pero por mi suerte me di cuenta de que el alcalde había llegado, así que le aclaré la situación esperando que eso me salvara. Parecía que la suerte no estaba de mi lado aquel día, el alcalde se puso a favor del pueblo y ordenó mi arresto. Gracias a Dios, un tripulante llamado Matienzo logró intervenir y me otorgó el tiempo necesario para poder expresarme. Estaba dispuesto a retirar el barco y dejar que el rey tomara cartas en el asunto castigando así a los responsables de lo sucedido, así que decidí amenazar con ello y rápidamente escribir al rey el cual sin dudarlo me dió la razón y castigó a los empleados del puerto. Había logrado superar un obstáculo más y la expedición seguiría con normalidad.

Pero no mucho más tarde, mientras formaba mi flota, la "Casa de Contratación" declaró que no había dinero en las arcas y que mi empresa debería de cerrar por completo. Por supuesto, yo estaba decidido a alcanzar mis objetivos y este no sería el inconveniente que me lo impidiese. Por lo tanto, busqué y conseguí asociados que tuviesen fondos suficientes. Ahora que los problemas económicos estaban resueltos podría seguir concentrándome en la optimización de mis barcos y la búsqueda de una tripulación que los convirtiese en buqes incansables. Necesitaba reunir doscientos cincuenta hombres mientras se había propagado mediante el boca-oreja que el viaje no era seguro, por lo que no me quedó más remedio que aceptar a todos aquellos hombres que fuesen del lugar que fuesen estuviesen dispuestos a sacrificar su vida a cambio del oro y las riquezas que obtendrían si tenían éxito.

Tripulación: obtenido de Google imágenes

Cuando todavía no había sido capaz de consolidar por completo mi tripulación, otro problema llamaba a la puerta. No se me permitía llevar a bordo más de cinco tripulantes portugueses, intenté contactar con el rey Carlos para que me presentara una solución alternativa, pero esta vez no obtuve ayuda alguna. No obstante, accedí a las exigencias y pasé por encima de este obstáculo.

Ante mi paciencia, Álvarez no tuvo más remedio que informar de que mi persistencia e integridad habían logrado rechazar todos sus esfuerzos por impedir que la expedición tuviese lugar. Ahora que estaba tan cerca de zarpar no había nada que pudiese impedirme embarcarme en mi aventura, cuando llegase a mar abierto sería libre, sin embargo, Álvarez no se rindió. Me hizo creer en la posibilidad de que el rey hubiese dado órdenes a otros de quebrar mi autoridad a bordo. Esto me hizo reflexionar sobre mi situación, era un desertor y aunque saliese victorioso no iba a dejar de serlo, era algo que me perseguiría a lo largo de mis días. Desde este momento, la inseguridad pasó a formar parte de mí y me hizo ver que un solo hombre debía de estar por encima de todos y, si era necesario, contra todos.

Todo esto me sirve como enlace a mi último obstáculo, el segundo comandante a bordo Ruy Faleiro. Os contaré todo lo que ocurrió en otro momento, pero por ahora os haré saber que una vez más esquivé el problema y partí a navegar junto a mi tripulación embarcándome así en la mayor aventura jamás vivida hasta el momento.